Lapso autista

Pensé que eras una cúpula, pero solamente eres azul, querida Azul. En días ya empolvados fuiste para mí un lienzo, una manta esparcida a lo largo del cielo. Un lugar que se puede pisar. Pero ya no, te he encontrado carente de forma y materia, eres nada, como el aire, translúcido mar. Te miro y te miro, te descifro hasta mi cansancio y sólo sé que eres Azul como nadie más. ¿En dónde se posa tu azul, Azul? ¿En dónde es que estás?

* * * * *

¿Sobre mí qué hay, Azul? Confiaba en que estuvieras tú encima, pero hoy aguardé la partida del sol. ¿A dónde te fuiste? Sangraste el mundo superior, y luego te suplió tu manchón de tinta negra. A lo lejos viajan estrellas, y la nada del espacio exterior. ¿En dónde quedó tu matiz indivisible, tu estado inamovible, innato y azul? Alguien me dijo alguna vez que sólo hay aire invisible y, afuera, el negro espacio acarreando luz. Eso es lo que hay, y sin embargo te cuelas formándote de ninguna cosa azul, y creas el azulado (y a-su-lado) del cielo. Allá arriba siempre se debería ver la oscuridad y los suspiros de las estrellas, no tienes una repisa en la cual descansar, Azul. No tienes hogar.

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Sobre el tiempo también mutas a los demás colores, pero tu faz es el azul, Azul. Nubes múltiples suelen darte la ilusión de tangibilidad, pero ellas también repiten mis dudas entre vapor. Has de ser el pensar del sol, y en su compañía te haces realidad. Sabrás ahora, Azul, que las cosas esconden su singularidad, y bajo su máscara el secreto espera. Pero tú no, tú eres, simplemente el color Azul. Y nada más.

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Azul, Azul, Azul; te voy a repetir hasta no saber nada más. Te voy a mirar hasta conseguir ese reflejo de tu sencilla honestidad, tu desnudez, tu sensualidad. Para ver si entonces puedo observar lo mismo en mí, y esconderme junto contigo, por debajo y sobre el mar. Azul, Azul, haz mi alma color azul, y abandóname en algún lugar; dámelo todo para echarse a perder, y algo sumamente especial. Algo que querer, y todo con caducidad. Azul, dame ojos color azul, y enséñame a mirar.

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Todas las cosas esconden su pensar, su secreto más íntimo. Pero eso no sucede contigo, eres absolutamente esencial, eres azul y no tienes nada más, ni cuerpo ni alma, ni pasado. Eres idéntica a como serás. ¡Qué dicha ha de ser alcanzar tu destino, convertirme en hombre, y nada más!

El sueño de la muñeca

(basado en un sueño real).

Le hacía el amor a una muñeca de ojos de cristal y rizos dorados. A pesar de que era pequeña, su forma se adecuaba extrañamente a mi tamaño, y el cuarto en penumbra jugaba también a doblarse y desdoblarse, distorsionando sombras y objetos en repisas. Las formas eran inconsistentes, y la muñeca me acariciaba con un tremendo esfuerzo, como si su esencia plástica le presentara resistencia a su espontánea vida. Las demás muñecas la envidiaban, estáticas, desde los estantes. La amaba entre el extraño y débil brillo de nuestros cuerpos, que daban la única fuente de luz. Todo daba vueltas, y yo le hacía el amor (pacientemente) a una muñeca. Con ojos que se resistían a ser de cristal.

Pasó la escena, terminó, se cambió en un instante. Ahora estaba con una mujer de verdad, del tamaño correcto y con movimientos fluidos, sin resistencias ni cristal. De cabello negro liso, viva, entera, de carne pulsando entre mis manos.

Sabía a lo que venía, la vi avanzando hacia nosotros, entre la turbulencia del cuarto. La penumbra del cuarto se acentuó, amenazante. (No hay peor venganza que la de un juguete). Tomó a la mujer por detrás, le puso las pequeñas manos sobre el cuello, y la asfixió lentamente.

Ninguno de los dos hizo nada por detenerla, no nos fijamos, no nos importó en lo más mínimo, estábamos demasiado ensimismados. La mujer se ahogó sin cambiar siquiera un gesto, una caricia. Y yo tampoco cambié nada. Tras morir, cayó en algún lado de la cama, y yo continué con la mirada perdida en el techo, culpa de su sobredosis corporal. La muñeca ascendió a mi mirada, y entonces me ahogó a mí, sin prisas. Opté por mirarla a los ojos y dejar las manos a los costados, y no hacer nada. Estaba demasiado extasiado. En ese espacio brevísimo entre dos muertes, la muerte chiquita y la muerte real, no podría llamarle a esto una pesadilla. Puedo decir que lo disfruté, me gustó. Lo haría de nuevo.

Hay un lugar...

Hay un lugar cerca de aquí
donde salen a jugar, de noche,
las luciérnagas.

Te voy a llevar
para que veas
que nada brilla como tus ojos.

Aniversario

Qué bicentenario ni qué nada. Este mes cumple un año el blog!! :) Próximamente, el tag de mis publicaciones favoritas...

Y por supuesto, nunca sobran las gracias a ustedes.

(Grabadora con aplausos, y flashes de colores).

Álgebra sencilla

Uno y uno, dos.
Dos y uno, tres.
Tres para trece, diez.


Ahora bien,
uno ochenta,
cabello oscuro,
simpático, irónico,
y todo puesto al revés.

Mi respuesta se complica...

Inmortal

Tu recuerdo se repite incansable,
y todos los días se hacen llamar
septiembre.


Saturados de sí mismos, se copian
todos los elementos dispensables:
el sol, sus sombras, los ojos haciéndose mirar,
alguna calle de hojas secas, tú,
la paleta entera de castaños y magentas,
las circunstancias absurdas de mi pensar.


Miel de abeja. Tinta para el arranque.
(Así que arráncate de mi pecho, dulcísima.
Ya no vuelvas más).

Veta al verso y, cuando te largues,
por favor déjame dejar de leerte,
que allá afuera empieza octubre, noviembre,
diciembre...